La ruta no navegada de las humanidades

Las ciencias sociales y humanidades deben justificar constantemente su utilidad, en un mundo que se rehúsa a ver lo necesarias que son para el bienestar y la innovación

Quise dejar de pensar en esto, pero no pude. A pesar que ya han escrito aquí y allá del tema, me sigue preocupando mucho la poca importancia que se le da a las humanidades y cómo las ventajas de tener saberes cuantitativos se evidencian en los salarios y el prestigio social. Soy periodista, así que es normal esperar que mi primer sueldo no sea una gran maravilla y que requiera para mí, así como para muchos, un esfuerzo enorme poder ascender en la cruel e injusta pirámide laboral. Y la pirámide laboral duele más cuando te comparas con otros. Durante mi tercer año de trabajo profesional, mi sueldo era igual que el de mi hermana menor, recién egresada de economía. Ella en Barranquilla y yo en Bogotá. Las causas, aunque se pueden atribuir a cuestiones del azar, empresas, capacitación y locación, tienen mucho que ver con la tendencia generalizada de no valorar las ciencias sociales ni las humanidades. Y ni hablar de otras profesiones menos afortunadas.

No se trata de elegir la una o la otra, porque finalmente esa sería también una visión reduccionista. Sino de no descuidar escenarios donde la combinación todos los saberes tenga una importancia igual y complementaria, sin menospreciar el uno o el otro.

La reciente decisión de España de hacer que la filosofía sea una materia “opcional” reafirma esta noción de un mundo que quiere priorizar el pensar en números y no entender exactamente qué pasa con ellos. Japón se suma a la tendencia: su ministro de educación solicitó a las universidades nacionales cerrar sus facultades de ciencias sociales y humanidades, y en su lugar abrir carreras que “respondan mejor a las necesidades de la sociedad”[1].

En su conferencia “Del saber al comprender: navegaciones y regresos”, Manfred Max-Neef habla de la ruta no navegada y de una secuencia de bifurcaciones que han llevado a la humanidad a estar dónde está. El concepto aplica tanto para individuos como para generaciones enteras. Max-Neef analiza cómo la elección de distintas rutas, nos ha llevado a tener las nociones que tenemos hoy del mundo y es ahí donde quizás se encuentra la respuesta a cómo se deprecian las humanidades hoy en día, mientras saberes técnicos como la ingeniería, economía y otras ciencias básicas son calificadas de útiles.

“En el año 1600, Giordano Bruno arde en la hoguera, víctima de su panteísmo, puesto que pensaba que la Tierra es vida y tiene alma. Todo, para él, son manifestaciones de vida. Todo es vida. Tres décadas más tarde, murmura Descartes en sus Reflexiones metafísicas: “A través de mi ventana, lo que veo, son sombreros y abrigos que cubren máquinas automáticas”. No navegamos la ruta de Giordano Bruno. Escogimos la de Descartes, y de esa manera, hemos sido testigos del triunfo del mecanicismo y del reduccionismo”[2], afirma Max-Neef en medio del texto, para entender un poco por qué estamos dónde estamos.

No se trata de elegir la una o la otra, porque finalmente esa sería también una visión reduccionista. Sino de no descuidar escenarios donde la combinación todos los saberes tenga una importancia igual y complementaria, sin menospreciar el uno o el otro. La filosofía sirve para impulsar un espíritu con pensamiento crítico, inquieto por saber y por entender su mundo que va indudablemente más allá de lo visible y tangible. Juan Villoro afirma en su columna de El País, con respecto a la filosofía, lo siguiente: “El cerebro se activa sin instrucciones de uso, pero la filosofía le aporta sentido crítico”[3].

¿Estamos dejando de lado ese pensamiento crítico, tan importante para que las futuras generaciones “no traguen entero”? El reduccionismo y mecanicismo del que habla Descartes ha sido nuestra ruta predilecta y la vara con la cuál medimos qué sirve y qué no. Quizás estamos pensando que somos más ‘robots’ que humanos con sentimientos, necesidades y sueños.

La filosofía es un arma necesaria para crear sociedades de bienestar, innovadoras y llenas de ideas que piensen en un desarrollo sostenible. Sé que es difícil pensar qué tiene que ver Sócrates con nuestro mundo contemporáneo, pero no podemos dejar de enseñarle esta idea a nuestras futuras generaciones. Quiero creer que, así como necesitamos puentes y casas, necesitamos en su interior personas felices, motivadas y creativas, dispuestas a desafiar los estándares de su mundo con una visión conjunta e incluyente y con un cerebro cuyas funciones humanas estén plenamente activas.

*Las opiniones expresadas en este blog son responsabilidad estricta del autor.
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