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Julio 28, 2018

El profesor de matemáticas, una especie en vía de extinción

Es el docente de matemáticas la solución precisa, aquella respuesta que se empodera con su experiencia y que puede llegar a ser el educador de todo.

A diario existen asuntos que resultan muy evidentes en los contextos educativos pero que bien vale la pena analizar, uno de ellos ocurre con las “no muy queridas” clases de matemáticas. Suena el timbre, el maestro llega y se dispone a empezar la clase; en primera instancia se encuentra con dos tipos de niños: uno como Sebastián, muy bueno en las áreas artísticas y deportivas, le gusta leer mucho y cuenta historias haciendo gala de una excelente narrativa, lo cual le ha hecho destacarse en los debate de Sociales, le encanta ir al laboratorio y presumiría de ser un buen estudiante, si no fuera por Matemáticas… Aquella clase es para él algo insípido, incoloro y, sobre todo, una excusa para no ser completamente feliz en la escuela. Se le olvidan las fórmulas, falla con las tablas, pero lo más recurrente es la falta de sentido que tienen los algoritmos para encontrar una solución que también carece de significado.

En esta clase, sus notas no son tan buenas como esperaba y esto gracias a que el profesor “califica” el cuaderno en que él toma apuntes, pero sus exámenes son frustraciones cotidianas, sueña con salir de la escuela y jamás volverse a topar con aquella clase que lo llena de frustración.

A veces piensa en que tal vez el problema no son las matemáticas. Había visto videos y películas en donde hablaban de la belleza de las mismas, le parecía muy curioso que dijeran que podían ser un conocimiento supremo con el cual se explican muchas cosas de la Naturaleza, pero ninguna de esas cosas tan bonitas están en la escuela, no se explica de qué manera le pueden servir la ecuación de segundo grado o las identidades trigonométricas para entender el día y la noche, o sus “amados” experimentos en la clase de física. Recuerda casi todos los elementos de la tabla periódica, las capitales de los países de Europa (algo en en lo que el fútbol ayuda mucho) pero difícilmente pudo “aprenderse” la tabla del 7 o el uso de la “ley de los signos”, se frustra al saber que su ejercicio matemático falla por no entender cómo dos números negativos multiplicados dan como resultado un número positivo (como si esto fuera fácil de entender).

Sebastián odia el color rojo inundando las correcciones de sus ejercicios, no entiende por qué están bien o mal, por qué no existe un punto medio, por qué el profesor dice que por un signo se pueden caer los puentes o que lo que intenta aprender en clase lo verían en la universidad, si él y sus compañeros nunca estudiarían algo remotamente relacionado con el álgebra o el cálculo. Son muchos los interrogantes de Sebastián, la mayoría nacían en su clase de matemáticas y ahí se quedan sin encontrar respuesta alguna.

El otro tipo de estudiante es como Mariana. A ella le dicen que tiene una calculadora en la cabeza: suma, resta, multiplica mentalmente. Siempre quiere pasar al tablero y no entiende como sus compañeros no pueden factorizar un polinomio o resolver una ecuación. Desde pequeña a Mariana le encantan las matemáticas, es su clase favorita; siempre que hay un reto numérico, Mariana finaliza antes que los demás, juega con los números, encuentra muchas soluciones para un ejercicio y le encanta ser la única que entiende cómo se resuelven los difíciles problemas de aplicación.

Llena de operaciones sus cuadernos, la mesa, y cuanto espacio le ayude para encontrar una solución; sonríe mientras los otros sufren, pero la pregunta para la cual ella encuentra una única solución es “¿para que te sirve las matemáticas Mariana?” “Para que me vaya bien en el colegio” es su respuesta.

Sus padres sueñan con que sea ingeniera y su profesor la alienta para que ingrese en una gran universidad y estudie una carrera que tenga muchas matemáticas. Le gusta la Física cuando hay que utilizar fórmulas y la Química cuando hay que balancear ecuaciones, pero odia correr en clase de Educación Física, debatir en Sociales y leer libros en Literatura; sus dibujos no son muy estéticos porque quiere terminarlos rápido, no tiene mucha paciencia, no disfruta los colores, a excepción del rojo en su cuaderno de matemáticas que le indica que todo siempre está bien.

A pesar de todo esto, a Mariana y a Sebastián les va bien en el colegio. Difícilmente perderán el año, aun cuando no les vaya bien en todas sus clases, y en las ocasiones en que deben trabajar en grupo se juntan para sacar una buena nota. En Matemáticas, Mariana no explica bien, Sebastián se queja de que alguien que sepa “tantas” matemáticas no pueda decirle por qué “menos por menos es más”. “Es así y ya”, responde Mariana, “pero debe tener una explicación, como la estructura de los árboles o la forma de las fronteras de los países”, argumenta Sebastián. “Es así y ya”, concluye Mariana. A pesar de que ella disfruta las matemáticas, no le gusta explicarlas, tiene una hermana en primaria y a ella tampoco le explica. “Es muy fácil”, dice, y ante los cuestionamientos de las tablas de multiplicar ella responde: “es así y ya”.

A Sebastián no le gusta que Mariana y el profesor no respondan sus interrogantes, él cree que ellos acaparan las respuestas que lo explican todo. Un día le preguntó al profesor el por qué el Teorema de Pitágoras se cumple para todos los triángulos rectángulos, y si podía existir alguno para el que no se cumpla el tal teorema, y se encontró con la respuesta del profesor: “es así y ya”.

En este panorama es muy difícil pensar que alguno de estos dos niños (u otros) quieran formarse para ser profesores, “Si fuese maestra, sería de Matemáticas” afirma Mariana, pero no me gusta explicar. Por el contario, Sebastián dice que sería maestro de cualquier cosa, menos de Matemáticas. No le parece justo ser un profesor que dice tener un conocimiento que responde a todo y que en clase sólo tiene una única respuesta.

De esta manera, a diario vemos cómo se puede esfumar la posibilidad de que enseñar matemáticas sea el sueño de algún niño. En un salón hay más estudiantes como Sebastián y menos como Mariana, a pesar de que vivimos una época privilegiada para los profesores de matemáticas. Son copiosas las herramientas tecnológicas actuales para acompañar el discurso del docente: la realidad aumentada, los softwares de geometría dinámica, los geoplanos… Desde virtuales hasta materiales, todas ellas sirven para reemplazar la solitaria pizarra y los eternos marcadores.

Hoy día, los docentes de matemáticas cuentan con un amplio número de eventos académicos, disciplinares para todos los niveles, se presentan investigaciones teóricas en donde se avanza en la consolidación de teorías que expliquen la enseñanza y el aprendizaje de las matemáticas, también se exponen intervenciones en el aula, situaciones particulares que sirven como referentes para discursos provistos de reflexiones que nacen del cómo aprende un estudiante. Además se cuenta con numerosas publicaciones, revistas especializadas en educación matemática, casi todas ellas a servicio de los profesores. Así como también páginas especializadas, divulgadores, redes académicas, todas ellas herramientas para interactuar con otros profesores en el mundo con los mismos interrogantes.

Entonces ¿por qué cada vez hay menos profesores de matemáticas? ¿Por qué cada día los programas de matemáticas tienden a cerrar por su escaso número de estudiantes? ¿Quién enseñará matemáticas en las escuelas en el futuro? ¿Serán los profesores una especie en vía de extinción?

Partiendo del principio de que los profesores de matemáticas no deben ser parte del problema si no de la solución, son ellos los llamados a “refundarse genéticamente” para garantizar que no ocurra su extinción total. Es algo que exige “mutar su ADN”, dejar de pensar que sólo existe esa zona de confort en donde los únicos significados válidos son las matemáticos. Los profesores de matemáticas tenemos que saber menos, asumirnos como estudiantes eternos, dejar la arrogancia de enseñar ese conocimiento que ‘sirve para todo’ y exigir que sean otras áreas las que nos nutran de situaciones donde las matemáticas sean un vehículo y no un destino para alcanzar o responder cuestiones.

Es el profesor de matemáticas la solución precisa, aquella respuesta que se empodera con su experiencia y que puede llegar a ser el profesor de todo, el que hable de los números que viven en la música, las formas que rigen el arte, las gráficas que explican las sociedades o las variables que nos describen el movimiento. Tal y como está hoy el docente de matemáticas converge a cero.

En esta tarea, los programas de formación en matemáticas deben resignificarse, dejar de pensar que lo central son las matemáticas por las matemáticas, abrir los espacios para el trabajo interdisciplinar y plantear cursos que nos exijan saber de otras cosas, tanto como de aritmética o geometría. Tenemos que leer a Borges y a Sábato con la misma devoción que a Apóstol o a Moisse. Tenemos que escuchar a Bach así como escuchamos a Euclides y, en especial, debemos tener cursos en la formación docente que promuevan esos diálogos con otras áreas del saber humano.

Las licenciaturas, más allá de los requerimientos burocráticos del Ministerio, deben redefinir el perfil de sus estudiantes, pensar más en las necesidades de los contextos, formar profesores que enseñen a usar las matemáticas para hallar respuestas a todo. A largo plazo, esto creará otro debate en torno a los contenidos matemáticos en la escuela, su pertinencia y su necesidad; pero sería deseable que eso se realizara teniendo en cuenta la experiencia del maestro que día a día trata de responder por qué “menos por menos es más”.

Por último, nos queda una tarea urgente a los investigadores en educación matemática: el contexto educativo nacional exige que las teorías que fundamentan los estudios actuales sean accesibles a los docentes para que puedan integrarse a sus reflexiones. De nada sirve tener ese discurso estilizado y cercano para un restringido grupo de colegas; es necesario empezar a reflexionar acerca del alcance y significatividad de los diferentes medios de divulgación de la educación matemática, para lo que resulta fundamental pensar más en el docente de aula que en el cultivo de egos académicos.

Tal vez Mariana y Sebastián no vayan a ser profesores de matemáticas, pero pensar en este escenario nos puede llevar a construir un futuro más prometedor en el ejercicio de la formación docente, un futuro que haga más atractiva la opción de dedicarse a enseñar matemáticas para aquellos que sueñan con enseñar. Que permita configurar un maestro de matemáticas que sepa de otras cosas, que experimente, que pinte, que escriba, y en especial que sepa explicar, de muchas y creativas formas, por qué es tan difícil saber que ‘menos por menos es más’.

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