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Rafael Orduz

Gerente General Fundación Compartir

Poderosos maestros y rectores

Publicado: Mié, 31/05/2017 - 14:30

El momento más emocionante ocurrió cuando los maestros fueron surgiendo, lentamente en el escenario, alineados como una verdadera selección Colombia de la educación.

Los docentes colombianos son merecedores del reconocimiento de la sociedad. Por su trabajo y dedicación, muchas veces en condiciones adversas por la deficiente infraestructura, el clima de violencia, el desplazamiento y la pobreza. El Premio Compartir es un proceso que identifica propuestas pedagógicas de excelente calidad, nacidas en las aulas y colegios de todo el país, en campos y ciudades.

El momento más emocionante de la ceremonia en el teatro Colsubsidio de Bogotá  el pasado jueves 25 de mayo ocurrió cuando maestros y rectores nominados al Premio Compartir fueron surgiendo, lentamente, como si levitaran, del fondo del foso de la orquesta hasta al nivel del escenario, alineados como una verdadera selección Colombia de la educación. Provenientes de lugares tan diferentes entre sí como Turbaco (Bolívar), Garagoa (Boyacá), Flandes (Tolima), Cuaical (Nariño), Montelíbano (Córdoba), Vijes y Cartago (Valle), Montería, Medellín, Bogotá, Ibagué, Yopal, Manizales, tienen algo en común: pasión por la docencia y resultados a la vista de sus prácticas de aula y de gestión escolar. Larga ovación de pie. Fueron nominados después de un largo proceso en el que se evaluaron más de mil propuestas en todos los ámbitos académicos de la educación básica y media. Luego del primer filtro, se realizaron decenas de visitas a las instituciones educativas en todo el país, en las que se entrevistaron estudiantes, colegas y padres de familia, que condujeron a su nominación y posterior sometimiento a un riguroso jurado de expertos independientes. Por primera vez en la historia del premio, que cumple 19 años, los nominados son docentes y rectores públicos.

Tuve la oportunidad de apreciar las presentaciones ante el jurado. En un formato tipo TED, cada uno explicó, en menos de diez minutos, su propuesta. Luego, los jurados, documentados previamente, hacían preguntas. Los escritos y la presentación oral de los candidatos fueron preparados cuidadosamente, durante meses.  Tuvieron que escribir, varias veces, su guión, exponerlo, corregirlo, hasta convertirlo en una pieza clara y sencilla de cara al jurado.

Finalmente, los elegidos, por sus excelentes proyectos, fueron el docente Luis Miguel Bermúdez (Suba, ética) y el rector Francis Otero Gil (Manizales). Sin embargo, la calidad fue tal, que cualquiera de los finalistas hubiera podido ganar.

Me conmovieron varios tramos de las presentaciones.  Por ejemplo, cuando la profe de Ibagué, Yolanda Álvarez, ilustró su propuesta Tejiendo sueños en Castilla, en la que los estudiantes, humildes y algunos de familias desplazadas, con baja autoestima, violencia en la casa, bajo rendimiento escolar, se le midieron a leer textos de la literatura universal, a reflexionar sobre sí mismos y escribir sus autobiografías. O la del docente de ciencias naturales, de Sincelejo,  trazando estrategias para que sus alumnos de 10º y 11 comprendan, con fascinación, los fenómenos naturales.

O la del profe Salomón, Bosa, uniendo música y pensamiento crítico en ciencias sociales. O el maestro de Suba que consiguió la integración curricular, en el área de ética, de la ciudadanía sexual y el enfoque diferencial y de géneros. La joven docente de Cartago, que consiguió mejorar, con rapidez, el nivel de inglés de sus alumnos con el buen uso de las tecnologías digitales, en un país en el que el aprendizaje de lenguas extranjeras va de la mano del nivel de ingreso. Para leer los textos, breves y bien escritos, recomiendo ir a este sitio. (En youtube basta con apuntar “premio compartir” y navegar un poco para apreciar las propuestas).

¡Y los rectores! En Colombia hay poco espacio para que ellos piensen en pedagogía; su tiempo transcurre haciendo vueltas para que se les asigne el profesor de inglés que no tienen, y adelantar miles de trámites kafkianos en las secretarías muncipales o departamentales de educación, incluyendo las tutelas,  para conseguir que los planteles operen en condiciones dignas. Los finalistas del premio, sin temor, le juegan a que sus colegios sean evaluados y a tomar las medidas para mejorar la calidad de la educación. Todos exhiben, con orgullo, los datos del progreso, incluyendo su articulación con los padres de familia y la comunidad.  Uno de ellos, riñéndole al imán del narcotráfico, evitando que los chicos grandes se conviertan en raspachines y consigan entrar a la educación superior, fortaleciendo las raíces culturales andinas.

Hace rato, maestros y rectores andan metidos en la problemática de construir valores de paz, sea en San Juan de Nepomuceno o Popayán. Fácilmente pueden tener, entre sus alumnos, hijos de víctimas y victimarios, desplazados. Comprende uno, por ejemplo, por qué propuestas de danza y teatro pueden servir para que unos y otros dialoguen y se acerquen.

Si las inequidades dentro de las ciudades saltan a la vista, queda claro, de nuevo, que la brecha en contra de las instituciones educativas del campo es brutal. Grupos violentos, de nuevo cuño, están a cargo  de conservar la medalla de oro mundial en la producción de estupefacientes reclutando menores del campo y agentes del microtráfico en las ciudades. De ahí el mérito de educadores y rectores que con las uñas contribuyen a construir ciudadanos democráticos, respetuosos y productivos.

Vivimos comparando los resultados de pruebas como Pisa y solemos traer a colación a Finlandia y Singapur.  No es mala idea. Lo que poco se hace es comparar las correspondientes infraestructuras. Y, menos aún, realizar las inversiones requeridas.  La conectividad rural a internet, sólo para dar un ejemplo, es un desastre en Colombia. Se distribuyeron decenas de miles de tabletas en instituciones educativas carentes de conectividad.

Publicación original de Las 2 Orillas, republicada por autorización del autor. 

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