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Jaime Osvaldo Contreras

Columnista

Se busca padres aliados de las Instituciones Educativas

Publicado: Sáb, 15/04/2017 - 14:00

Es preciso rastrear nuestros pasos para mostrarles a nuestros hijos caminos que los conduzcan a la cima de sus propios logros. 

Es sorprendente que aún hoy, en pleno siglo XXI, muchos padres todavía actuemos con la premisa de “envío mi hijo al colegio para que lo eduquen”, y a partir de ahí nos dedicamos simplemente a subsidiar sus necesidades económicas propias del colegio y de la casa, y, quizás muy de vez en cuando, incluso un poco a destiempo, aportamos un enérgico regaño, un castigo o un ‘jalón de orejas’ por alguna falta cometida o por el bajo rendimiento escolar, como si desconociéramos la responsabilidad que de primera mano tenemos como educadores y formadores de valores y principios en nuestros hijos.

Si bien las instituciones hoy por hoy se esmeran por, además de instruir en la catedra a los muchachos, inculcar valores con la sana pretensión que cada alumno sea capaz de construir una transparente figura en su manera de pensar y  proceder ante la vida, esta labor se hace cada vez más compleja debido a que, como padres, no nos comprometemos activamente en la tarea de formación.

Es tan crítica la situación, que en ocasiones, cuando matriculamos a nuestros hijos en una institución, nos sentimos como liberados de una carga que automáticamente descargamos en los docentes.

El ideal en el proceso de educación y formación es que los padres dinamicemos nuestra  participación para que, al final, podamos enorgullecernos de nuestro trabajo limpio y ejemplarizante que brille en el horizonte de jóvenes capaces de aportarle a la sociedad grandes proyectos que construyan futuro e identidad, y no como suele suceder con muchos, que solo se muestran en efímeros fulgores que resplandecen un momento y se eclipsan en el mediodía de la vida.

La cátedra moderna nos predica constantemente la necesidad de absorber lo máximo del conocimiento en las diversas áreas, pero más allá, la sociedad nos urge y el mundo velozmente cambiante, exige padres, madres y tutores con la capacidad de transmitir valores, en una acción tan sencilla como eficaz: ¡EL BUEN EJEMPLO! Eso sería suficiente en vez de pretender reducir nuestro compromiso como padres a una descarnada imposición de normas o a un fragoso listado de exigencias que ni siquiera nosotros mismos podemos cumplir.

Es preciso rastrear nuestros pasos para mostrarles a nuestros hijos caminos que los conduzcan a la cima de sus propios logros, no para caminar por ellos, pero sí para servirles de aliento en las fatigas de la vida, analizar juntos las adversas situaciones, orientar decisiones, sopesar consecuencias, hacer proyecciones y que ellos  puedan exprimir de nosotros y de sus maestros lecciones provechosas, dentro de la mesura y el buen juicio que debe distinguir a quienes dedicamos la mayor parte de la vida, a la muy exigente disciplina de educar. 

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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