Creado el: Dom, 14/06/2015 - 12:00 por Palabra Maestra

Un sueño más allá de la realidad

Alirio González, fundador de la Escuela Audiovisual Infantil; un educador cuya manera de formar es deformando.

Se llama Alirio o mejor, tal como él dice, “me pusieron Alirio González” hombre  Sencillo pero no simple, dejo de una época diferente en la que los ideales tenían un valor y determinaban un estilo de vida, así describiría a un gran personaje, protagonista de la educación colombiana como Alirio González.

Mucho se ha dicho acerca de él y de su particular historia en la que de muy chico decidió  ir a Bogotá a cambiar su destino, no porque se avergonzara de sus raíces ni mucho menos, sino porque incluso a su escasa edad ya sabía que su historia, esa que impactaría la vida de muchos, estaba solamente en sus manos.

Hijo de un albañil, Alirio ayudaba a su padre en su Belén de los Andaquíes, aquel municipio que lo vio nacer y que en ese entonces era el fuerte del M-19. Aprendió, desde entonces, la labor de constructor y en la escuela ayudaba a los guerrilleros a hacer pancartas y crear imágenes, lo que fue incentivando su creatividad.

Fue a los once años que sin previo aviso Alirio, salió de su Belén y decidió empezar a escribir su historia. Sabía que su destino tenía que escribirse lejos, por lo menos por un tiempo, de Belén de los Andaquíes. Al llegar a Bogotá tuvo un pensamiento que incluso hoy lo acompaña y fue el de saber que seguramente iba a ser un “gamín” lo que es,  para él, mucho mejor que ser un niño pobre. Contó con la fortuna de encontrar a una señora que le dio posada durante un tiempo y de ahí en adelante se vinculó a diferentes proyectos en los que el arte, la creatividad y la educación hacian parte de una constante formación, necesaria para hacer de Alirio el líder que es hoy en día.

Su andar despreocupado lo llevó por diferentes caminos, incluso por el “aburrido camino de la contabilidad”, trabajó en Bogotá durante años sin olvidar sus raíces, sin dejar de tener la inquietud de darle algo más que historias gris plomo y rojo sangre a su Belén de los Andaquíes.

Un día cualquiera recibe una llamada de su hermano. La idea ni más ni menos la de un negocio que pintaba bien. Sin dudarlo, Alirio renunció a su trabajo. Con mochila en mano y algo de dinero, (casi como cuando salió de Belén) volvió a su pueblo a realizar el “fabuloso” negocio que su hermano honestamente le había propuesto. La cosa no salió, el negocio se vino abajo y vino el “¿y ahora qué voy a hacer?”. Sin mucho más que decepción pero con sus sueños intactos Alirio regresa a la fría  Bogotá, su personalidad amable, su don de gentes y si, uno que otro contacto amigo;  hacen que consiga de nuevo otro trabajo.

Pero esta vez, después de recorrer, después de volver a ver su tierra, en su interior en continua formación y de frente a la realidad de su pueblo natal, devela el escenario de una sociedad que olvida al individuo. En contravía a Meursault, (del Extranjero de Camus), Alirio reaviva la llama del sentido de pertenencia por su gente por su pueblo, descubre el rostro desgarrado de un Belén herido y violentado por una guerra que, tal como nos dijo Alirio, nosotros no entendemos.

Los recuerdos perdidos en las maravillas de su tierra, el paisaje vestido de verde, las acuarelas de sus ríos y la poesía escondida tras la sonrisa de los niños se conjugan con la experiencia alcanzada por Alirio. Nace entonces un cuestionamiento propio de los mejores maestros, surge la necesidad de compartir lo aprehendido, lo contado, lo vivido y si, también lo sufrido. De esta manera Alirio, rescató lo mejor de su formación, y en aquel lienzo gris pintó una historia con un paisaje iluminado por un amanecer llamado esperanza.

Descubrió entonces que más allá del amor se encuentra la pasión. Con un tinte, al mejor estilo de Alejo Carpentier en su obra Los Pasos Perdidos, tuvo que a  olvidar cada uno de sus amores. Uno a uno, como fichas de dominó empezaron  a caer, a dibujar en las arenas de su destino, un nuevo camino que lo llevarían a descubrir un horizonte más desafiante.

Es en ese marco en el que surge una nueva posibilidad de regresar a Belén de los Andaquíes, esta vez Alirio González, no sólo mete en su mochila ropa, esta vez Alirio, en un acto de autoconocimiento y coherencia hace una maleta especial en el alma. Le dice adiós a Bogotá y parte sin mirar atrás. Un reto enorme lo esperaba, ser director de la casa de la cultura de su pueblo.

En contravía a Meursault, (El Extranjero de Camus), Alirio reaviva la llama del sentido de pertenencia por su gente por su pueblo, descubre el rostro desgarrado de un Belén herido y violentado por una guerra que, tal como nos dijo Alirio, nosotros no entendemos.

Al llegar, la necesidad transgresora propia de su personalidad le hace fundar una emisora, emisora que no enseñaba a hablar a unos pocos, sino que enseñaba a escuchar a muchos. Pasado el tiempo otro día cualquiera, Alirio con un par de tragos y con  la primera cámara que entraba a Belén de los Andaquíes en sus manos; con un diciembre caluroso como telón de una magistral obra,  involucró a los niños que con la curiosidad propia de los mejores investigadores estaban atentos a cualquier movimiento de Alirio y su hermano; obvio por la cámara.

Entonces le dijo a su hermano que le sacaran el jugo a esa cámara e hicieran una película, sin que se diera cuenta nace  el preconcepto de “La Escuela Audiovisual Infantil”. A los niños que querían ser parte de una película los desafió y motivó a hacer una historia, origen mismo de la famosa frase “Sin historia no hay cámara, nada que hacer”. No pasó mucho tiempo para que estos niños fueran involucrándose poco a poco en su escuela, fue así como, año tras año, tomó fuerza y gracias a la realización de un par de formatos, que fueron transmitidos por un canal institucional, años más tarde, la Escuela Audiovisual Infantil ganó el Premio India Catalina.

De allí en más, los logros conseguidos gracias a los proyectos constantemente realizados por los niños,  han sido públicamente reconocidos en todos los ámbitos. El resto de la historia ha sido reproducida al punto de la saciedad. Queriendo honrar a Alirio y lejos del cliché este artículo no hablará de sus logros o (tal como lo expresó él)  de lo “decoroso y oportunista que suele ser decir que se trabajar con niños”.

Alirio y lo que ha logrado por Belén de los Andaquíes, merece más que unas cuantas líneas llenas de elocuencia. Merece un re-conocimiento de todo el ámbito educativo, de toda la sociedad; por la manera en la que ve la educación, por la manera en que involucra a los niños, por la forma de deformar formando, por su “mala” educación, esa que enseña a creer en sí mismo, esa que enseña a crear un criterio para saber opinar.

Para Alirio, el principal reto está en cambiar la mentalidad sosa y dócil con la que han educado a la mayoría de niños, para Alirio es la escuela un espacio donde los que más deben hablar son los niños y no sus maestros, para Alirio la educación debe ir más allá de las “jaulas” (como se refiere él a los salones de clases), de hecho para Alirio, ante tanto ruido que ha hecho su labor, el reto está en alejarse del cliché en el que algunos medios lo encasillaron, el reto para él está en sostener y proyectar la Escuela Audiovisual Infantil que es un sueño más allá de la realidad.

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