Creado el: Vie, 12/01/2018 - 18:00 por Palabra Maestra

Un premio buscado

Ayudar a construir una escuela pertinente y por ende contextualizada es una de las grandes preocupaciones del maestro Jesús Samuel Orozco.

Cuando en las postrimerías del año 1998, algunos miembros de la comunidad educativa de Pasquillita –área rural de la localidad Ciudad Bolívar, Bogotá D. C. – nos enteramos de la existencia del Premio Compartir al Maestro, era muy poco lo que conocíamos de la Fundación que lo promovía y absolutamente nada del Premio como tal.

Convencidos de que teníamos en nuestro haber una experiencia valiosa que bien podríamos poner a consideración del Premio, empezamos a indagar sobre él y con ello el recorrido de un largo camino que nos traería grandes aprendizajes y satisfacciones.

En efecto, años atrás habíamos iniciado la tarea de interrogarnos acerca de algunas deficiencias que presentaba nuestra institución escolar en cuanto a calidad y pertinencia con el entorno rural. Fueron largas horas de innumerables días las que dedicamos en Pasquillita a reflexionar sobre la estrategia más adecuada que nos llevara a reinventar una escuela campesina de la más alta calidad académica –donde un docente tiene a su cargo varios niveles– para este subpáramo de Ciudad Bolívar que en nuestro entender se podía constituir en un área estratégica de desarrollo ecológico. Varios asuntos nos preocupaban: lo descontextualizada que era nuestra institución escolar, lo muy poco que aportaba a la solución de los graves problemas de deterioro ambiental y convivencia de la población campesina del área y, por supuesto, el bajo perfil académico de nuestros estudiantes.

Repensar nuestra escuela fue una tarea ardua, puesto que deseábamos involucrar a la comunidad en procesos de reflexión pedagógica y ello suponía, a su vez, todo un proceso educativo. Para empezar, acordamos llevar a cabo actividades de reciclaje y reforestación de las microcuencas hídricas, tarea que inicialmente convocó a algunos padres de familia y alumnos, y generó los primeros recursos económicos que sirvieron de estímulo para continuar con el gran compromiso colectivo y permanente de edificar una escuela campesina con los más altos estándares académicos.

Con estos primeros brochazos nos presentamos al Premio Compartir al Maestro en el año 2000. En esta oportunidad no puntuamos para clasificar, pero recibimos a cambio una serie de recomendaciones que nos permitieron reflexionar más sobre nuestro proyecto e introducir algunos cambios. En el año 2001, nos volvimos a postular y nos ubicamos entre las 70 mejores experiencias pedagógicas del concurso; de manera similar al año anterior, la retroalimentación recibida nos hizo reflexionar y reorientar algunas de nuestras acciones.

En el 2002, tuvimos motivos de gran alegría en la comunidad de Pasquillita: entre las 2.407 postulaciones presentadas, nos ubicamos entre las 30 mejores y fuimos visitados por el Premio. En esta ocasión, recibimos una mención de honor como experiencia pedagógica ejemplar y de nuevo, más retroalimentación, en donde se nos invitaba a mejorar la estructura de la propuesta y volvernos a presentar.

De esta manera, con algunas interrupciones, nos seguimos presentando al Premio en los años siguientes, dentro de la misma dinámica: retroalimentación –reflexión– reestructuración. En este continuo trasegar, llegó el esperado momento, aquel inolvidable 27 de septiembre de 2005. Una ocasión para vibrar de emoción y mostrarle a la opinión pública que hay maestros y maestras en Colombia –y del sector oficial– que le estamos apostando a la construcción de un mejor país, a cualificar nuestras prácticas pedagógicas, pese a las condiciones precarias en las que muchos adelantamos nuestra labor. Aquella fue la noche del inmenso grito por muchos años reprimido, el grito de un maestro campesino que siente que le está cumpliendo a su país en la tarea de formar ciudadanos pacíficos, críticos y propositivos.

Sea esta la oportunidad para expresar nuestra gratitud para con el Premio Compartir al Maestro que desde el sector privado, nos aportó de manera clara y precisa elementos fundamentales para el mejoramiento de nuestras construcciones pedagógicas en la vereda. Hicimos eco a sus recomendaciones, nos las tomamos en serio, las debatimos, las reflexionamos y las llevamos a la acción con mucho tesón. Y valió la pena. Hoy contamos con la solidez de una propuesta pedagógica en permanente construcción, expresada en ambientes de aprendizaje significativo, en donde son ejes básicos la contextualización de saberes, la democracia, la investigación y la protección de los recursos naturales.

Se preguntará el lector, ¿por qué presentarse reiteradamente al concurso? Y, ¿por qué estas palabras escritas en primera persona del plural? A la primera pregunta podemos responder que, por una parte, siempre hemos visto el concurso como una buena vitrina para mostrar al mundo lo que podemos hacer y estamos haciendo los educadores colombianos y, en segundo lugar, asumimos que participar en un concurso es una excelente oportunidad para mejorar nuestra práctica docente.

Lo plural de este escrito, por su parte, nos permite poner en relieve y reconocer la participación de las mujeres, los hombres, los jóvenes, los niños y las niñas de la comunidad rural de Pasquillita, que han acompañado a quien es hoy Gran Maestro 2005 y quien escribe estas líneas en el ejercicio permanente de crear vereda educadora, en donde lo esencial es –como dice Paulo Freire– que “nadie educa a nadie, nadie se educa solo, todos nos educamos entre todos con la mediación del mundo”.

En síntesis, en la medida en que la relación escuela-comunidad se fortalezca, los procesos pedagógicos también se dinamizan. Las escuelas descontextualizadas, que actúan como islas dentro de los barrios o las veredas, aportan muy poco o nada a lo social, de eso estamos convencidos. Ser reconocido como el Gran Maestro Compartir tiene para mí varios significados. El primero es la gran satisfacción de sentirse reconocido como persona y como docente, en una sociedad y en un Estado en donde la profesión docente es muy poco valorada

Es rescatar la voz del educador en esta maraña de cosas superfluas e irrelevantes en que nos involucra día a día la “sin corazón” sociedad de consumo. Ser el Gran Maestro, significa también, el reto y la gran responsabilidad de seguir construyendo pensamiento desde la base de las necesidades, aspiraciones y sentimientos de las comunidades colombianas. Da adicionalmente, la oportunidad de aportar a la utopía de tener para las futuras generaciones una nación inclusiva. Para finalizar, quiero desde estas páginas ofrecer este triunfo muy especialmente a los maestros y maestras de Colombia, con el mensaje de que estudien mucho, propongan y actúen, para poder salir de estos días aciagos de dolorosa indiferencia.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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