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Mayo 15, 2018

Viaje a pie

La trashumancia venezolana vista desde los ojos de un educador nominado al Premio Compartir al Maestro.

A finales de 1928, el filósofo antioqueño Fernando González recorrió durante tres semanas el occidente colombiano. Salió de Envigado y caminó por distintos municipios de Antioquia, el Eje Cafetero y Valle del Cauca.

El propósito de su viaje era contemplativo: quería encontrarse asimismo en cada paso y darles nuevos aires a sus pensamientos, que parecían asfixiarse en el ambiente conservador que se respiraba en su departamento: “No está aún en las posibilidades mentales de nuestro pueblo el comprender los fines interiores”, escribió en ‘Viaje a pie’ Fernando González.

Sin embargo, los caminos y las carreteras del país no siempre han tenido caminantes contemplativos, pues los que han emprendido su viaje lo han hecho para salvar su vida o buscando las oportunidades que en sus territorios no existían.

A pie huyeron miles de colombianos durante la época de La Violencia y por el mismo medio lo hicieron los colonos que abrieron senderos que no existían al otro lado de la Cordillera Oriental, fundando veredas y caseríos sin nombre.

Durante las últimas décadas, los miles de colombianos que huían de la guerra se convirtieron en millones, familias enteras que llegaban, y aún siguen llegando, con el miedo a cuestas a las grandes ciudades bajo el nombre de “desplazados”.

Desde el año pasado, las carreteras del oriente colombiano han visto un nuevo grupo de caminantes. Salen de Cúcuta buscando alejarse lo más que puedan de la frontera. Algunos caminan una semana para llegar a Bucaramanga, otros durante 15 días para instalarse en Bogotá y hay quienes lo hacen por más de tres semanas para iniciar una nueva vida en Ecuador.

Son venezolanos y venezolanas que arrastran pequeñas maletas o las cargan en sus espaldas, algunos llevan banderas o gorras de su país. Basta con ver su mirada clavada en una carretera que no termina, para saber que vienen caminando desde la frontera. 

Según cifras de la Brigada del Ejército, en los tres puestos fronterizos de Norte de Santander diariamente pasan 25.428 personas y regresan 21.408. Esto quiere decir que hay cerca de 4.000 personas que no regresan a Venezuela y se quedan en Cúcuta o salen a buscar otras ciudades o países.

Asfixiados por su desespero deciden lanzarse a un recorrido extremo: en Cúcuta la temperatura está por encima de los 30 grados y en una parte del camino, en el páramo de Berlín, la temperatura puede llegar a los 5 grados bajo cero, pues éste se encuentra a más de 3.200 metros sobre el nivel del mar.

Duermen principalmente en los paraderos de buses. Allí buscan la solidaridad de los viajeros para comer y recuperar las fuerzas necesarias para una jornada que puede durar entre 10 y 14 horas. A veces, cuando llegan a algún municipio grande, intentan emplearse en lo que sea para tener dinero y pagarse un mejor hospedaje o una comida entera. 

En la carretera se ven cada 15 minutos. Son pequeños grupos de cinco o seis personas, principalmente hombres, pero también se ven familias con niños que se hacen adultos en el camino. Y, aunque sus motivaciones son diferentes a las del filósofo antioqueño, hay algo que los une y que Fernando González dejó escrito en su libro: la certeza de saber que deben emprender “un movimiento en busca de lo que nos hace falta”.

Publicado originalmente en El Espectador.
Republicado con autorización del autor.


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Maestro nominado al Premio Compartir al Maestro versión 2015-2016.
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