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Miyer Pineda

Docente

Un nobel para Silvio

Publicado: Vie, 21/04/2017 - 08:00

El problema es que si en verdad la música es resistencia, se probaría que también es un brazo ideológico del statu quo. 

En el Ágora que son las aulas y los espacios de discusión que son posibles todavía en nuestro país, tendría que debatirse sobre lo que significa la música como banda sonora de nuestras vidas. Una banda sonora impuesta por el consumo, y a la que gracias a la divinidad, se oponen todavía diversas músicas que no se escuchan en las emisoras comerciales. El problema es que si en verdad la música es resistencia, se probaría que también es un brazo ideológico del statu quo. Así la estética sirve de pretexto para discutir en la Escuela un par de interrogantes fundamentales: ¿El comercio definió la banda sonora de nuestra existencia? ¿Seremos capaces de realizar nuestras propias búsquedas estéticas y defenderlas desde escenarios ontológicos y éticos?

Hace quizás una década en una tertulia con algunos escritores y lectores de la ciudad de Duitama, se discutía sobre las probabilidades que existían para que le dieran el Premio Nobel de literatura al señor Robert Allen Zimmerman. Cómo yo no conocía a fondo la obra del personaje en cuestión, lo único que pude aportar a la conversación fue un somero contexto histórico de lo que significaría la lucha por los Derechos Civiles en USA; de hecho, desde entonces, se procuró un acercamiento a su espléndida obra; sin embargo los argumentos a favor de ese Nobel me llamaron la atención, y a esto se sumaba el didáctico ejercicio del DJ de turno, para ambientar la tertulia con una buena banda sonora que se  esparcía por el lugar, dejando en el aire la atmósfera de los 60 en la voz Bob Dylan.

Esa fue una de las conclusiones de la conversación; de concederse, el premio se otorgaría a esas generaciones que comprendieron que lo humano florece a pesar de la barbarie. Seres humanos que hicieron de las palabras y del arte, asideros de los valores civiles cercanos a la utopía; generaciones que ofrecieron su finitud como freno al accionar del imperialismo y a lo que significó entonces la guerra fría en sus más sangrientas manifestaciones, entre ellas, la Guerra de Vietnam, el asesinato de JFK, o lo que se ha dado en llamar la guerra florida en América Latina, que en Colombia, significó atraso, muerte y la entronización de la guerra como un tumor maligno. Al fondo sonaban Blowin`in the wind, Like a Rolling Stone, Masters of war, A hard rain`s a-gonna fall,  la ponderosa canción Hurricane, entre otras.

Robert Allen Zimmerman logró convertirse en la banda sonora de una época; logró volverse la música del mundo como en ocasiones lo hace el viento en ese poema de Eliseo Diego, o en ese otro de Fernando Pessoa; su música envolvió su dignidad a través de los hechizos de Orfeo. Con su música logró mirar a los ojos a la Bestia y hacerle entender que fuimos, somos y seremos; y esto es importante ahora que el pueblo estadounidense parece haber olvidado sus raíces nutridas con la migración de la cultura planetaria. Bob Dylan consiguió resumir en fraseos los verdaderos aportes de su país al mundo.

Mr. Zimmerman sería el símbolo de Orfeo lamentando su estadía en el infierno: una reflexión de las posibilidades del Ser, en ese infierno. Sería como Faulkner y Sharon Olds, o como Hemingway, Angela Davis, Coltrane o Noam Chomsky. Sería el símbolo de una nación en eterna decadencia, y su voz se filtraría por los caminos hasta el espíritu de los caminantes de ese reino tan grande en su música y en su escritura, debido a que viven en los intersticios del ruido banal del capitalismo salvaje.  

Sin embargo por tratarse de esa época simbólica, ese Nobel se concedería en un momento en el que esa nación que surge en 1776 como un logro de la democracia, comenzara a olvidar a sus ilustrados; Zimmerman sería una radiografía del empeño de lo humano por escuchar a la diosa, destruida y silenciada por economistas y burócratas.

En aquella época ese Nobel sonaba a un intento de disuasión improbable; nadie hubiera podido apostar a que con el tiempo se otorgara, entre otras cosas, por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”; el argumento es poderoso en lo concerniente al peso ético, axiológico y ontológico que tiene la poesía, que aunada a la música se vuelve la banda sonora de lo utópico opuesto a la ideología imperante; en Absolutely Sweet Marie, Dylan nos dice: To live outside the law you must be honest: Hay que ser honesto para vivir fuera de la ley… y entonces eso se lo podríamos preguntar a Walt Whitman, Henry David Thoreau o Bruce Wayne, el ideal filosófico opuesto a los criminales que se apoderaron del estado; o se puede explicar con otro ejemplo:  Chomsky en la voz de los hijos del Capitán fantástico (Ross, 2016) celebrando el día de Noam Chomsky y despidiéndose con una de sus máximas: “El poder para el pueblo, abajo el sistema”, quizás la única manera de evitar la muerte del sueño americano.

Pero más allá del Nobel, esa nominación nos servía para plantear algunas preguntas sobre los cantautores a nivel latinoamericano. ¿Acaso no resultaba cómodo premiar a un norteamericano? ¿Acaso esos merecidos elogios otorgados a la obra de Dylan no se adecúan de una manera aún más legítima a numerosos cantautores quienes también han sido la banda sonora de lo humano? Artistas tocados por Orfeo quienes resguardan la belleza y lo utópico en sinuosas resonancias… yo pensaba en Playa Girón, Sueño con serpientes, La maza, Ojalá, Sinuhé, Ala de colibrí, El mayor, El papalote entre otras.

Así que enseguida arrojé el nombre de Silvio Rodríguez sobre la mesa y, sí señores, como algunos de ustedes ahora, estupor, sorpresa, angustia y desolación.

Aun así sostuve mi idea. Si se le concedía a Zimmerman, igual (y disculpen, pero incluso aún con más justicia), se le tendría que conceder a don Silvio Rodríguez. Si Zimmerman ha señalado la paulatina muerte del sueño americano, Rodríguez ha señalado a las víctimas de ese sueño convertido en pesadilla para el resto del mundo. Toda crítica a lo que significó la revolución cubana tiene que rodear la pregunta sobre la legitimidad de un bloqueo que frustró en muchos sentidos, la posibilidad de la idea misma de revolución y de utopía.

 

Algún día tendrá que contarse que sus discos y casetes (cassette) fueron proscritos en América Latina, en esos países que fueron ayudados por el sueño americano a imponer dictaduras y a desconocer los derechos civiles. Algún día un buen porcentaje de los poetas del hemisferio tendrán que contar que mientras leían, fumaban, amaban y creaban, al fondo de la casa o de la conversación, algunos versos de Silvio Rodríguez se enredaban en algún filo rocoso del espíritu; porque como un río subterráneo la música del cubano se adentró en los pueblos latinoamericanos para resguardar lo importante a pesar de los errores, los excesos y los caprichos de dos sistemas que no han logrado encontrar soluciones democráticas para dignificar lo humano.

¿Por qué no se fue Silvio de su isla y se dedicó a hacer dinero? ¿Por qué no vive como un hippy en algún palacio en el que tiene todas las comodidades? Ja, no falta el que responda que el régimen le da todo eso; sí, seguramente los excesos del capitalismo se le otorgan en Cuba.

Pero más allá de eso, sí, Dylan es Dylan y se trata de su obra; así que lo que pesa es lo humano en su música… lo que pesa es la poesía en su música, y la poesía es lo que se opone al poder y por eso es peligrosa; quizás en realidad, Dylan hace parte de ese grupo de norteamericanos que asumen sus raíces y le recuerdan al mundo el peso de la democracia.

Y ahora ¿Dónde poner todo lo hallado? ¿Qué decirle a la muerte que al cabo se ha vuelto nuestra hermana? ¿A Dylan se le tiene en cuenta lo que ha significado la pesadilla del sueño americano, no solo para el resto del mundo sino también para su propia gente? ¿A Silvio se le deben tener en cuenta los rasgos de pesadilla de la revolución (el nombre de Reinaldo Arenas lo resume todo) y la prueba de que lo utópico en el poder se puede convertir en un lastre de lo humano?

Lo que Silvio Rodríguez enseña es a leer el universo a través de otros sentidos. Se debe leer con braille; como si fuéramos ciegos, como si leyéramos la música del mundo. Más allá del ruido frívolo que se nos impone, el trovador cubano prueba la existencia de distintos vasos comunicantes, a través de los cuales la poesía todavía llega. Sin embargo con Silvio fue demoledor el acercamiento del umbral poético; resonancias de la diosa en palabras que van más allá, hasta escocernos un poco: “Con savia de su cuerpo quemaría los templos” dice en una canción.

Se trata del hechizo del lenguaje; Silvio lo presiona y lo hace ir un poco más allá del relleno para una melodía; se atreve a concretar el poema: “Ando como hormiguita por tu espalda”, “Talleres donde reparar alas de colibríes”, “A veces entra en el bosque un silbido veloz/ que recorre fugaz la penumbra y la luz/ Y los árboles fríos del bosque soy yo// Todas las copas se postran a fin de existir/ De no hacerlo, deshechas habrían de morir/ Y ese viento que trae la muerte eres tú”. Así funcionan sus poemas a veces, audacia contenida encauzando otros sentidos, o como engranajes poéticos para permitirnos descubrir la belleza: Oleo de una mujer con sombrero, La gota de rocío, Desnuda y con sombrilla, Rosana, Ojala, Te doy una canción, etc. Silvio, un hombre culto y sabedor de la nostalgia digna de su isla, compone poemas, diseña partituras en las que se posan la dignidad y lo bello; el escucha-lector descifra el ardor en los recodos de su alma, así la despercude y la resana: Playa Girón, Nunca he creído que alguien me odia, El papalote, Mariposas, El mayor…

“Que levante la mano quién apoya esta petición para que le den un merecido Nobel de literatura a Silvio Rodríguez”, - decimos desde estas montañas en las que alguna vez estuvo el mar- … y en todo el planeta comienzan a levantar sus manos las guitarras. 

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Miyer Pineda

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Licenciado en Ciencias Sociales, magister en Historia y doctorando en Lenguaje y Cultura en la UPTC. Profesor del colegio Quebec y catedrático de la UPTC Duitama.

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