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Aportes a un acuerdo nacional sobre Liderazgo escolar y buenas prácticas directivas

Es la oportunidad para demostrar que no somos ajenos a los cambios que empuja este confinamiento, que creíamos transitorio y estamos dispuestos a propiciar espacios de reflexión pedagógica.

 

Agosto 5, 2020

“Lo poético en educación es la trama, el relato y la narrativa que nos ayuda en la tarea de inventarnos… Una actividad práctica como la educación es algo así como el soporte de una tradición, a la luz de la cual deviene enteramente inteligible y reflexiva”.

Fernando Bárcena

 

El documento compartido es exhaustivo respecto a todos los componentes que encierra el ejercicio de estar al frente de una institución educativa, entre otras cosas porque se ha nutrido de la experiencia de otros países y, naturalmente, de todo lo que se ha construido en Colombia en las últimas décadas.

Seguramente en el espacio que se abra de socialización surgirán inquietudes sobre aspectos que deban afinarse. Por mi parte, y desde mi experiencia como directivo docente, me gustaría señalar algunos aspectos que me parecen cruciales en el rol que cumplimos dentro de las comunidades. Lo que voy a exponer aparece enumerado en el documento, es decir ha sido tomado en cuenta, quiero retomarlo para aportar a la discusión y lograr que este acuerdo logre el propósito de resignificar nuestro papel como líderes de procesos educativos y como interlocutores de una comunidad educativa.

Mi primera pregunta: ¿por qué todos los ítem que comprometen nuestra labor como directivos docentes son perfectamente verificables y evaluables en la educación privada y no ocurre lo mismo con la educación pública? Se menciona el monitoreo a los planes de estudio, a la marcha de las propuestas pedagógicas, al desempeño de los estudiantes y al desempeño de los docentes.

Estos son insumos que constituyen la constatación de que se están llevando a cabo procesos educativos de calidad, sin embargo, en las instituciones públicas queda el sinsabor de cómo verificar que en efecto todos los componentes de la institución educativa participan de este ejercicio de evaluación permanente. El quehacer pedagógico exige procesos de autoevaluación, coevaluación y retroalimentación. ¿Se ejecutan estos pasos en todas las instituciones públicas? Existen formatos para evaluar a los maestros, ¿se socializa con los maestros los resultados de estas evaluaciones? ¿Se hace un registro para hacerle seguimiento a los planes de mejoramiento? ¿Qué opciones tiene el directivo de una institución cuanto un docente es sistemáticamente reprobado en su gestión educativa por los estudiantes? ¿Cómo enfrentarnos a la inercia de ciertos maestros que se sienten inamovibles en sus cargos y, por ello mismo, no cumplen a cabalidad su trabajo?

La segunda pregunta tiene que ver con la lectura que debemos hacer los directivos docentes de las comunidades en las que tiene su radio de acción nuestra institución educativa. ¿Cómo evitar que en las instituciones educativas se cuelen las prácticas dañinas de nuestros politiqueros? Me refiero al directivo que prefiere “hacerse el de la vista gorda”, permite el ausentismo de sus maestros, acolita la interrupción de la normalidad académica bajo cualquier pretexto e incluso permite situaciones de “bullying” contra aquellos maestros que simplemente cumplen con su labor o se atreven a realizar proyectos novedosos. A esto agréguese que muchos directivos docentes no cumplen con su horario de trabajo argumentando reuniones oficiales inexistentes. Es un panorama triste que infortunadamente se palpa en muchas instituciones educativas.

Dentro de esta lectura de su comunidad un directivo docente tendría que alinear el PEI con sus necesidades y problemáticas y debería formalizar insumos de seguimiento que le permitan una visión estratégica de lo que se propone a los estudiantes en cada grado. Es lo que en nuestro argot denominamos trabajar en contexto y verificar la trazabilidad de todos los esfuerzos pedagógicos a lo largo de la escolaridad.

Para este segundo punto, piénsese por un instante cuáles fueron las instituciones que mejor respondieron a la contingencia impuesta por la pandemia, cuáles se adaptaron más rápido a las nuevas dinámicas empujadas por la educación virtual o por el envío de guías de trabajo a las casas.

La respuesta es obvia: respondieron mejor aquellas instituciones en las que el directivo docente es un verdadero interlocutor entre padres, profesores y estudiantes, aquellas instituciones donde se respira sentido de pertenencia, donde los maestros transmiten la pasión con lo que hacen e inspiran a sus estudiantes para ser curiosos, investigadores y creativos.

En fin, aquellas instituciones con mayor cercanía a sus comunidades. En las crisis se recogen los frutos de lo que se ha sembrado. Si el directivo docente no dio ejemplo con actitudes de escucha y con su responsabilidad, ni brindó confianza ni despertó niveles de empatía entre maestros y estudiantes ni logró conformar verdaderos equipos de trabajo ni se preocupó por tener comunicación fluida con las familias, no puede esperar que ahora todo fluya, como por arte de magia.

Aparece en el documento algo que me parece clave en nuestra labor: la reflexión sobre las prácticas pedagógicas. ¿Lo estamos haciendo en las instituciones públicas? ¿Cuándo, en qué espacios, cómo evidenciamos los frutos de esa reflexión pedagógica? Como directivos docentes debemos estimular que los maestros hagan registro de las experiencias exitosas, que inviten a sus compañeros para que les observen en una clase y puedan escuchar su punto de vista sobre lo que hacen.

Asegurarnos que las prácticas pedagógicas exitosas se socialicen para que sean replicadas. Es en este tipo de agenciamientos donde el directivo docente se da un lugar importante dentro de su comunidad educativa porque no se queda reducido a la gestión administrativa, sino que llena de vida su entorno educativo y convierte la escuela en verdadero laboratorio sobre lo que acontece en su territorio y en el mundo. Los maestros sienten que están siendo visibilizados por la encomiable labor que realizan y se esfuerzan por estar actualizados.

Por último, quisiera referirme a algo que se ha convertido en apetitosa veta de corrupción: las asesorías. En la preocupación por mejorar la calidad educativa siempre aparece la solicitud de recibir asesorías externas que intervengan los aspectos endebles o con vacíos que aparecen referenciados en las evaluaciones institucionales. Estas asesorías le apuntan generalmente a aspectos de cualificación de los docentes y a aspectos de intervención en los PEI, especialmente lo relacionado con programas de las distintas áreas y con las modalidades de evaluación de los estudiantes.

Pero resulta que en nuestro modus operandi los directivos docentes quedamos como convidados de piedra. De repente llega la famosa asesoría, se nos exige propiciar los espacios y tiempos para su “buen desempeño”: vienen las conferencias, charlas, unos cuantos talleres, crean toda una expectativa en las instituciones, se llevan la evidencia de que “intervinieron los procesos educativos” y desaparecen. Luego pueden venir otras asesorías que no tienen relación con las anteriores y se crea el imaginario de que, en efecto, están movilizando la calidad educativa en determinado colegio.

Sin embargo, no es así. Los directivos docentes son los primeros que deben estar informados sobre un programa de largo aliento que pretenda hacer una intervención seria en su institución. Intervención que debe partir de un diagnóstico o de una solicitud explícita, nacida de la reflexión en torno a las prácticas pedagógicas y a los resultados de las pruebas de estado: la asesoría debe puntualizar el foco de su intervención, debe trazar todo un cronograma de trabajo, debe propiciar encuentros de diálogo y socialización de experiencias y debe dar cuenta de resultados en la transformación de las prácticas pedagógicas.

Los talleres descontextualizados -con precios exorbitantes en las contrataciones de asesorías- de nada sirven si no involucran el sentir y el parecer de los estudiantes y de los maestros, si no jalonan espacios de reflexión dentro de la institución y si no significan un punto de quiebre con un antes y un después de la asesoría. Ver, oír y callar es lo que se impone a los directivos docentes.

Qué interesante este llamado al compromiso de los directivos docentes. El momento actual exige una revisión de nuestro quehacer en las instituciones educativas con relación a los temas sensibles que ha sacado a flote la contingencia mundial, entre ellos los retos de las ciencias y las nuevas tecnologías con el acceso a la educación y con sus aportes a la solución de las problemáticas que sacuden al mundo.

Es la oportunidad para demostrar que no somos ajenos a los cambios que empuja este confinamiento, que creíamos transitorio y estamos dispuestos a propiciar los espacios de reflexión pedagógica que permitan validar lo que hasta ahora ha arrojado resultados positivos y tener la honestidad de reconocer lo que debe ser desechado o revaluado, si queremos ser referente de los modelos educativos que mejor se han adaptado a la imposibilidad de la educación presencial y al acceso a las bondades del mundo virtual.

 


*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Gran Rector Premio Compartir 2016. Rector de la Institución Educativa Francisco de Paula Santander en La Cumbre, Valle del Cauca.
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Gran Maestro Premio Compartir 2007
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