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Febrero 6, 2019

La fotografía y la memoria

Un recorrido académico por Bogotá. Un viaje ilustrativo por las ofertas culturales y formativas del día a día en la capital colombiana.

1.

La señorita de la recepción me explica que en lugar del TransMilenio coja un bus en la esquina del hotel, porque por allí pasan rutas hacia el centro de Bogotá. Llevo una maleta y una mochila con algunos libros, así que me recomienda que vaya con cuidado. Soy un profesor de la provincia y no conozco la ciudad.

El TransMilenio logró que uno pudiera moverse con cierta facilidad, pero de todas maneras es una verdadera aventura ir con maletas en ese sistema de transporte masivo. Vendedores ambulantes, músicos, desplazados, desterrados, desempleados, estudiantes y demás habitantes de la urbe se cruzan en esas latas de sardinas a las que se soporta por necesidad. Sin embargo en este bus sucede lo mismo; la diferencia es quizás el gusto musical del conductor; puso salsa todo el camino; mientras, un par de jóvenes se ofrecen a llevarme la maleta durante una buena parte del trayecto. 

Luego de casi una hora de recorrido pregunto a una señora por la Casa de Nariño; me dice que es mejor que me baje ya… Lo hago en un paradero y me pongo a caminar y caminar, hasta llegar a la Plaza de Bolívar. Voy con mochila, chaqueta y maleta; sudo. Al llegar a la Casa de Nariño desde la Plaza de Bolívar, me doy cuenta de que el Claustro de San Agustín queda al otro lado; cerca también al ministerio de Hacienda.

Pienso que sería un riesgo intentar cruzar las vallas de seguridad; es decir, llevar esa carga de libros en la mochila y esa maleta; pero solo imaginar que dar la vuelta a la manzana implicaría caminar tres o cuatro cuadras más, me hace conversar con uno de los soldados que cuida las vallas. 

  • Hermano buenos días. Voy para el Claustro en la otra cuadra.
  • Tranquilo déjeme revisar las maletas.

Las revisa; me da un poco de vergüenza con la gente que pasa con sus corbatas y sus escoltas. Veo parte de mi pijama a cuadros y el bolso en donde guardo lo del aseo. Llega un oficial y me pregunta que a qué me dedico; le digo que soy profesor y que voy a una exposición de Jesús Abad Colorado en la otra cuadra. Terminan de revisar y me permiten continuar. Recuerdo que hace unos años la Fundación Compartir nos llevó a conocer parte de la Casa de Nariño; entonces la Ministra de Educación era Gina Parody y el presidente era Juan Manuel Santos. Fue una experiencia extraña porque la visita coincidió con un paro de maestros en esa época, y sentíamos que nos miraban como a bichos raros.

Al llegar a la otra cuadra, el claustro estaba cerrado; lo abrirían a las nueve de la mañana. Me senté al frente, bajo la sombra de un árbol en la parte posterior de la Casa de Nariño; quería tomarles algunas fotografías a los soldados del Guardia Presidencial.

En ese momento llegó un par de policías en moto. Me pidieron los papeles y me requisaron; preguntaron varias veces que a qué me dedicaba; luego revisaron mi maleta y mi mochila. Les  respondí que era profesor y que venía desde Duitama a ver la exposición de Abad Colorado, en el claustro que estaba cerrado. Mientras verificaban mis antecedentes, confirmé que en la otra acera quedaba el Ministerio de Hacienda; no aguanté y le dije al policía “Quedan cerquita los unos de los otros”; el policía asintió con una leve sonrisa.

El oficial insistía en preguntar lo mismo; y yo le respondía lo mismo una y otra vez. “Pero si trabaja en Duitama, ¿Qué hace aquí?” Enfatizaba. Entonces le conté todo; me encontraba en La noche de los mejores, un evento organizado por el MEN; saqué un diploma de la mochila y se lo entregué. Un minuto después me devuelven la cédula y me sugieren con amabilidad, que mientras abren el Claustro, mejor de una vueltica lejos del sector.

Me dirigí hasta la puerta del claustro y golpeé hasta que salió un vigilante. Le pedí que me dejara entrar, y respiré profundo cuando accedió, mientras miraba a los agentes.

2.

Llevamos más de 10 años trabajando un proyecto que se ha propuesto hacer pedagogía de la memoria. Mucho antes de que se firmara la ley de víctimas y mucho antes de que se creara la cátedra para la paz. Diseñamos la estrategia pensando en dinamizar el proyecto transversal de democracia y derechos humanos, y conscientes de que uno de sus objetivos es intentar trascender la inmovilidad de la escuela frente a los tópicos que se relacionan con estos saberes. El problema aquí es la paz para propiciar el desarrollo, y el problema aquí es pensar en que la democracia es el camino para tolerar y respetar a los demás. El meollo del asunto es que esto requiere que la Escuela se vuelva un ágora, un espacio de discusión sano en el que se tiene que hacer del diálogo y de la memoria, herramientas para forjar ciudadanía.

En la búsqueda de información para esa estrategia, nos encontramos con las fotografías de Jesús Abad Colorado, sin saber nada de él. Esas imágenes se movían a la par de las palabras como un testimonio del “crecimiento de lo intolerable” al decir de Gilles Deleuze, cuando reflexiona el poder de la imagen fílmica… Apenas lo imaginaba como a otro de esos colombianos que salvan a este país; uno de esos colombianos que ha sido capaz de comprender el peso de la memoria a la hora de buscar salidas para el caos en que se ha convertido esta nación descuadernada. En el 2015 creamos un Museo de la memoria histórica. Tomamos las imágenes del informe Basta Ya, las imprimimos y montamos las exposiciones, sin ser conscientes de la autoría de las imágenes.

Hasta que un día conocimos al poeta Saúl Gómez Mantilla y nos habló del Maestro Jesús Abad Colorado. Entonces comprendimos que ese mago de la imagen, siempre fue uno de los escuderos en esta travesía de ofrecer a la ciudadanía, un espacio de encuentro con la realidad que viven millones de compatriotas.  Y luego de Saúl, el maestro Oswaldo Rocha, otro admirador del trabajo de ese caminante de la imagen, en esa otra imagen difusa que a veces es Colombia.

3.  

Desde entonces pensamos en que algún día deberíamos invitar a conversar al maestro; y a Nancy Prada y a Martha Nubia Bello. A lo mejor podríamos invitarlos a nuestra Cátedra Jaime Garzón, y contarles que nuestro proyecto se trata de un ejercicio pedagógico ninguneado en ocasiones, porque en la provincia pensar la memoria es visto de una manera ajena a los valores de la Escuela; es decir, la memoria es tan crítica y humana que se torna insoportable en los espacios tan limitados y absurdos como son las Escuelas hoy en día, concentradas en la retórica de la simulación, la formatitis y la opresión de la combinación que se da entre la estupidez y las formas malsanas de la pedagogía.

No es una grosería el concepto, para Savater (a partir de una lectura de Carlo Cipolla) se trata de una categoría moral que aquí permite cuestionar el vacío que intentó llenar la Cátedra para la paz, en auxilio del proyecto transversal de democracia y derechos humanos, pero que permanece y se agudiza debido a la incapacidad de liderazgo de funcionarios y directivos, a la hora de pensar el conflicto.

4.

No se puede dejar de pensar en el sitio elegido para la exposición; tan cerca a ese poder que determina la pobreza de los que viven lejos, o la vida de los que nunca han importado; tan cerca a ese poder que no sabe lo que es aguantar hambre o estar en medio de los parásitos que se alimentan de la muerte; tan cerca a ese poder que utiliza el miedo para sentarse cuatro años a repartir los impuestos entre sus secuaces; con salarios vergonzosos en un país desigual y mientras la mermelada, como han llamado a esa forma infame de la corrupción, corre a chorros.  

5.

Es demoledora la exposición del maestro Jesús Abad. Ese árbol de la memoria que se yergue en las salas de exposición mientras las imágenes se hunden en sí mismas, escociendo en lo humanos que aún somos, a pesar de nuestras guerras; pareciera que en lugar de volvernos indolentes, el conflicto ha hecho que muchos sientan y defiendan algo de empatía por el prójimo.

Esas fotografías contienen las lecciones de la memoria, y los ciudadanos de este país tendrían que hacer filas para escucharlas. Esas fotografías hablan, duelen, se internan en lo humano para quebrar los estratos de insensibilidad que tenemos los colombianos como un quiste. En ellas la noche es un eco de la imagen del caminante que es testigo de la desolación.

La exposición es un espejo quebrado, y por eso duele e incomoda. A la manera del poeta Juan Manuel Roca, Jesús Abad Colorado es un fabricante de espejos, al horror agrega más horror, y más belleza a la belleza. El fotógrafo como un poeta ha hecho que la Casa de Nariño abarque sus fotografías poniéndolas al lado de sus muros. Ahora el palacio presidencial es siamés de esa exposición, aunque ellos, allá, resguardados e indiferentes insistan en no darse cuenta.

Me voy pensando en las fotografías. Tuvieron que sembrar un árbol para poder sostener el peso de las imágenes; pienso en Walter Benjamín y lo parafraseo, todo documento de cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie. Atravieso esa calle nuevamente. No sé si son los mismos soldados quienes me ven pasar con esa tonelada de emociones además de la maleta y la mochila. Camino pensando en que esa exposición es un reflejo de todo ese sector: Congreso, Ministerios, Casa de Nariño; las palomas sobrevuelan y el aire es el de la realidad gris de la metrópoli.

Me dirijo a la librería del Fondo de Cultura Económica, a ver si Mauricio, el librero mágico, asombra con alguna otra recomendación, y a ver si de casualidad encontramos los Poemas de la ofensa de X-504. Como el libro es costoso, leo algunos de los poemas antes de irme. Sé que leo ese libro porque estoy conmovido; tanto sufrimiento y tanta desesperanza solo pueden amainar con poesía. Le leo a Mauricio el poema Mamá negra; creo que entendemos que es un himno.

Concluyo que Jesús Abad Colorado es un poeta, y uno de los grandes. Me quedo con sus fotografías de noches estrelladas; su cámara es un astrolabio que le permite leer el firmamento lleno de historias que se alejan de la catástrofe que somos… Me despido de Mauricio y me dirijo hacia Las Aguas, a enlatarme hasta el terminal del norte rumbo a mi Boyacá en la que alguna vez estuvo el mar… Por ahora, profesores y estudiantes de Colombia, deben ir a esa exposición y dejarse guiar por ese cauce, por ese río quebrado entre las piedras de lo que hemos sido y de lo que podríamos ser, si es que llegamos a sobrevivir a nuestro presente, y a aquellos que insisten en buscar en el pasado, excusas para negar nuestro futuro.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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