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Más allá de una pedagogía de la esperanza

Sin garantizar los derechos de niños, niñas y adolescentes, nunca podremos hablar de paz.

Septiembre 25, 2020

Esto no quiere decir, sin embargo, que porque soy esperanzado atribuya a mi esperanza el poder de transformar la realidad, y convencido de eso me lance al embate sin tomar en consideración los datos concretos, materiales, afirmando que con mi esperanza basta.  Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente.
Paulo Freire, Pedagogía de la esperanza

Pocos acontecimientos son tan dolorosos como aquellos que afectan la vida y los derechos de niños, niñas y adolescentes. Esto, porque entendemos que deberían tener el mundo para ellos, recordándonos lo que hemos vivido y la responsabilidad que recae sobre los adultos como garantes de su protección.

En las últimas diez semanas han sido asesinados 86 jóvenes menores de 26 años en diferentes lugares del país (cifra que sigue aumentando mientras escribo esto). Se levanta el polvo de una paz que no hemos terminado de construir y diferentes personas en la esfera de las redes sociales caen en un patrón ya conocido: estigmatizar a las víctimas, echar culpas partidistas y disculparse como si nada hubiese sucedido.

Olvidamos pronto y los acontecimientos que más nos duelen desaparecen con la velocidad de un tuit o una publicación en un muro de Facebook. El Presidente de la República precisa que no han sido masacres sino homicidios colectivos. Tal vez masacre suena al pasado difícil con el que aún lidiamos y que no queremos repetir o tal vez suene menos grave y por eso mismo sea más fácil de olvidar.

Luis Fernando Montaño Quiñones fue uno de los chicos asesinados. Estudiaba en el Instituto los Ángeles de Dios, en el barrio Manuela Beltrán de la Comuna 14 de Cali y su historia, como la de muchas otras víctimas se ha comenzado a contar. Por mi parte, espero que tengamos esas historias siempre cerca como recordatorio de todo aquello que pudimos evitar.

En medio de la pandemia y gracias a los espacios virtuales (en este caso, los laboratorios pedagógicos de la Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición), tuve la oportunidad de conocer a Jimmy Castillo, quien fuese el “profe” de sociales de Luis Fernando. Gracias a su generosidad pudimos hablar sobre su vocación.

Jimmy me recuerda a tantos otros docentes que he conocido en todo el país y cuyas historias son similares, sin dejar de ser excepcionales. Él y sus estudiantes participan de un montón de proyectos e iniciativas que seguro me quedaría corto listando aquí. Pero algo es claro: le han apostado a la paz, participando en proyectos de la Comisión de la verdad y del Programa nacional de educación para la paz (Educapaz).

También realizaron un encuentro de memoria en 2019 y comenzaron a participar (porque la pandemia lo frenó) en un proyecto promocionado por la Alcaldía, dentro de la plataforma de juventudes para incidir en política en la ciudad, constituyendo un grupo juvenil de defensa de los derechos.

Según él, lo que más le gusta de la docencia es darles voz a los estudiantes y encontró una oportunidad para hacerlo desde la cátedra de historia: en ella, sus estudiantes escriben sus propias historias.

Esto ha permitido que sus estudiantes se abran y cuenten su vida y sus problemas, con el objetivo de reconocerse “y sacar a flote la verdad y que no nos abrume”. Esto es especialmente poderoso en una comunidad construida a partir de migrantes de la violencia (del Charco y Barbacoas) y de Venezuela.

Su intención ha sido la de ampliarle el panorama a sus estudiantes para que puedan escribir, actuar, grabarse, hacer cosas que tal vez no tienen en su horizonte. Todo esto, a partir de un lenguaje plural e incluyente, ofreciéndoles alternativas según lo que quieren.

Todo esto me lleva a pensar que, aunque Jimmy pueda no estar de acuerdo con los términos que voy a utilizar, su apuesta pedagógica trae consigo la esperanza de que sus estudiantes puedan vivir mejor.

Al preguntarle por cuál es su mayor deseo para sus estudiantes, la respuesta fue clara: que puedan formarse profesionalmente y trasciendan sus contextos, que conozcan a otras personas que los estimulen; que se puedan sorprender con un museo y con otras experiencias que no conocen, y que estas les permitan abrir su mundo. Tal vez la universidad pueda proveerles eso: conocer otra realidad que los jale hacia ella. Y sus deseos se parecen a los que muchos tenemos.

Luego de la masacre en Llano Verde, en la que fue asesinado Luis Fernando, varios docentes visitaron a su mamá. Ella les dijo algo que quedó grabado en Jimmy (y en mí cuando me lo contó): dijo que, si no fuera por la cuarentena, su hijo estaría vivo. Esto, porque la escuela los mantiene ocupados en unos espacios seguros, cosa que se ha perdido temporalmente con el cierre de colegios por la pandemia. Y hay algo aterradoramente mal en esto.

No parece real que la vida de niños y niñas dependa de ir a una escuela porque corren peligro al transitar por sus barrios buscando caña para mascar o un lugar abierto donde volar cometa. Pero es la realidad de un país que no consigue vivir en paz y que requiere de inmensos esfuerzos que no logran consolidarse aún.

La esperanza que docentes como Jimmy le ofrecen a sus estudiantes es absolutamente necesaria pero sólo podrá obtener resultados si es impulsada desde afuera de la escuela. Así, el gobierno nacional y los gobiernos locales deben impulsar políticas y programas pertinentes que fortalezcan los territorios y a su ciudadanía, ofreciendo soluciones estructurales.

Ante la inmensa tristeza de las muertes de tantos jóvenes y el sentimiento de injusticia que impera, se hace difícil decir algo. Tal vez sea prudente escribir lo evidente y les propongo lo repitamos hasta que estemos todos convencidos: sin garantizar los derechos de niños, niñas y adolescentes, nunca podremos hablar de paz.

 


Imagen Jhon David on Unsplash

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Escrito por
Asesor de proyectos de construcción de paz y proyectos internacionales, Fundación Compartir.
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Sandra Cecilia Suárez García
Gran Maestra Premio Compartir 2013
El cuerpo habla y la danza puede ser el camino para la exploración del ser y el medio para liberar las palabras que se encuentran encadenadas.