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Agosto 8, 2018

Crianza y educación: la imprescindible complementariedad

Si bien la escuela es diferente al hogar, no debe establecerse una nueva oposición entre una y otro. Los procesos de crianza y educación difícilmente pueden delegarse el primero a la casa y el segundo al colegio. 

«Todos se crían», es una expresión con mucho aire de resignación optimista, que algunas veces escuchamos expresar entre las comunidades populares, luego de compartir algunas narraciones sobre las situaciones difíciles que viven los niños al interior de tantas familias colombianas.

Alude a que, sin importar la precariedad de recursos, al final los infantes lograrán sobrevivir hasta la adultez o hasta cierta etapa de la vida donde puedan encargarse de su propia supervivencia. Así, ofrecer alimento y techo a los hijos, pasó de ser una prioridad a ser la meta última de los padres de familia. De ahí que los hijos estén siendo endosados a los abuelos o a personas y entidades dispuestas a atenderlos en ese sentido, tomando dicha meta por cumplida, pues al fin y al cabo se estarán criando.

Y pues sí… buscar que acojan y cuiden a los niños no es el problema, en tanto que por su parte los padres, como mínimo, asuman responsablemente el deber de procurarles la satisfacción de las necesidades básicas y los medios suficientes para alimentarse y guarecerse. Pero sí se vuelve problemático asumir que basta con ofrecer alimento, techo, cuidados y uno que otro patrón de comportamiento. Eso es simplemente criar y es apenas el comienzo de la tarea que como humanidad nos compete con las nuevas generaciones.

Criarlas implica cuidarlas y proporcionarles bienestar físico. No obstante, si eso ya es una tarea exigente de esfuerzos y además onerosa, resulta insuficiente si hablamos desde las expectativas que nos generan los ideales-derechos de calidad de vida y, más aún, de dignidad humana.

Esto es, que reconociendo lo difícil y costoso que resulta para los padres de familia criar a sus hijos en un mundo donde la pobreza ataca cada vez a más personas y el crimen golpea con mayor voracidad a los más vulnerables, sostenemos que el trato hogareño que se ofrece a los hijos no puede equipararse al que se da a las mascotas, a las cuales igualmente se les ofrece cama, comida y se les regula según ciertos criterios.

Eso, insistimos, es pura crianza. No es menos necesaria, es básica y fundamental. Sin garantizarla no se puede cualificar ni dignificar la vida. Aun así, hasta ahí, estaríamos condenando a los hijos apenas a sobrevivir, como si la vida, la vida con calidad y dignidad humana, fuera derecho o mejor, privilegio de pocos.

Aquí es bueno razonar que, si la labor se agotara en la crianza, podría confiarse el crecimiento de las nuevas generaciones a unos cuantos sistemas reclusorios o, en su defecto, a dispositivos robóticos. Seguramente crecerían «mucho y muy bien».

Pero, ¿le basta eso a un ser humano para ser feliz? ¿Acaso crecer es lo mismo que desarrollarse? ¿Basta criarse para formarse? ¿Confundimos criar con educar? Esas preguntas nos permiten aclarar que no estamos oponiendo la educación a la crianza, sino evidenciando cómo esta última hace necesaria la primera.

En tanto sujeto medianamente consciente, capaz de aprender y desaprender, de pensarse y cuestionar, de crear e innovar, de revelarse y comprender, de rebelarse y construir comunidad, el ser humano necesita de la educación para ser plenamente tal.

Su integridad e integralidad demandan, más allá del cultivo de su dimensión biológica, estimulación, motivación y guía para el desarrollo de sus dimensiones psíquica, intelectual, espiritual, afectiva, estética, comunicativa, social y productiva, también, en un ambiente caracterizado por el equilibrio entre el disfrute de la libertad y el acatamiento de la autoridad.

Frente a esas necesidades, se hace necesario un espacio propicio para su satisfacción, en tanto proceso intencionado, sistemático y aprovisionado con saberes, personas, prácticas y estructuras específicamente orientadas al acompañamiento de un desarrollo más íntegro de los educandos, cual es la escuela, como escenario donde tiene lugar ese proceso integrador llamado educación, en sentido formal.

Si bien la escuela es diferente al hogar, no debe establecerse una nueva oposición entre una y otro, puesto que los procesos de crianza y de educación, en la práctica, difícilmente pueden delegarse el primero a la casa y el segundo a la escuela, de modo excluyente, como lo pretenden ciertas reflexiones propias de profesores y padres de familia pedagógicamente miopes. Tales miradas cortas y excluyentes, han terminado reduciendo la escuela a centro de confinamiento temporal y la educación a prácticas de cuidado, únicamente.

En esa lógica, los niños no van a la escuela para desarrollarse, sino para que alguien los cuide mientras sus padres se ocupan de otros asuntos «adultos». Y tampoco van para aprender, sino para mantenerse ocupados en embelecos de conocimiento que los inhabilitan para ejercer su ciudadanía libre y consciente, pues copian y reproducen a tal nivel, que se enajenan de su calidad de sujetos autónomos, trascendentes y políticos.

La ecuación se balancea cuando, por otra parte, los hogares limitan su rol a la crianza y se marginan de los procesos escolares, considerando como se ha venido criticando, que su tarea termina cuando se llevan los niños a las puertas de la escuela; en consecuencia, lo que debería ser una fiesta de la vida (garantizar a los hijos la crianza junto con la educación), se convierte en el funeral del proceso formativo de nuestros niños, que crecerán amorfos con sus corporeidades, mentes y espiritualidades adelgazadas, cuando no atrofiadas, por el empobrecimiento económico y la depravación cultural.

Si la escuela no se ocupa de la crianza y del hogar, prontamente se frustrará en su oficio de educar. Del mismo modo, si el hogar no se ocupa de la educación y de la vida escolar de sus hijos, la labor de crianza será ineficaz. Seguir pensando y actuando como si la crianza y la educación se bastaran cada una a sí misma, será, parafraseando a Bolívar, como arar en el mar y sembrar en el viento.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Directivo Docente. Coordinador en la Institución Educativa Antonio Nariño. Cúcuta, Colombia.
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