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El tercer profesor: espacios que guían el aprendizaje

La arquitectura de los espacios de aprendizaje deja huella en la arquitectura de nuestro cerebro.

Febrero 11, 2020

En las escuelas21 el espacio educa, se dirige a facilitar el aprendizaje. El diseño inteligente del espacio representa a un nuevo docente en el siglo XXI. Los espacios nos configuran y nos definen. Son, al lado de alumnos y educadores, el tercer profesor. -Alfredo Hernando

Somos conscientes de las nuevas necesidades educativas en los tiempos actuales. Buscar alternativas curriculares, metodológicas o vinculadas a la evaluación resulta imprescindible para atender de forma adecuada la diversidad del alumnado. Como lo es plantearse cuál ha de ser el rol del profesorado y del alumnado en una educación en pleno siglo XXI.

Relacionado con esto último, la neurociencia ha demostrado la incidencia directa de las emociones en el aprendizaje. Pero si importante resulta el clima emocional en el aula, también lo es el entorno físico en el que se da el aprendizaje porque afecta a nuestro cerebro.

La arquitectura, el diseño y las condiciones físicas de los espacios en los centros escolares son más importantes de lo que creíamos en el proceso de innovación educativa (ver figura 1). Y pueden vincularse a otros factores críticos en la transformación educativa, como los metodológicos. Como dice Rosan Bosch: “El objetivo no es crear espacios bonitos, sino que contribuyan al cambio”.

En nuestro cerebro existen neuronas específicas que identifican la situación en un entorno particular y, junto a estas, otras que nos permiten crear una imagen mental de los alrededores y que constituyen una especie de GPS cerebral. Los patrones de organización de algunas de estas neuronas pueden verse influenciados por la forma del espacio externo. Y si el contexto en el que nos desenvolvemos tiene una incidencia en la esfera neuronal, también parece tenerlo en el nivel cognitivo, emocional o conductual. A continuación analizamos algunos factores que pueden afectar a estos procesos.

Mobiliario

Según las investigaciones realizadas por Nair (2016), el diseño adecuado de un edificio escolar es aquel que le dota de un aspecto variable en función de las necesidades educativas de los estudiantes. Ello requiere la existencia de distintos espacios de aprendizaje como estudios, talleres o laboratorios que faciliten tanto el trabajo individual como el cooperativo, e incluso una enseñanza más formal en algunos momentos, pero siempre desde una perspectiva interdisciplinar.

Difícilmente la tradicional distribución de sillas y mesas en filas y columnas orientadas hacia el profesor van a promover el trabajo cooperativo (qué bueno también que existan espacios en los que pueda cooperar el profesorado; ver figura 2) y, en definitiva, un aprendizaje en el que el alumnado sea un protagonista activo del mismo. Para ello resulta imprescindible disponer del necesario mobiliario móvil.

Esta movilidad no se limita al entorno propio de aprendizaje (qué bueno cambiarlos con frecuencia). Por ejemplo, y en consonancia con lo que sabemos sobre los beneficios cognitivos asociados al movimiento, se ha comprobado que el uso de escritorios de pie conlleva mejoras en pruebas que miden el funcionamiento ejecutivo del alumnado, como en el caso de la memoria de trabajo (Mehta et al., 2016). Y, por supuesto, constituyen una estupenda forma de combatir los comportamientos sedentarios durante la jornada escolar.

Iluminación

Las aulas que posibilitan vistas externas y están iluminadas de forma adecuada con luz natural pueden incidir positivamente en el bienestar físico y emocional del alumnado, e incluso favorecer su concentración en las tareas. En un estudio en el que participaron más de 21.000 estudiantes, aquellos que estudiaron con mayor iluminación obtuvieron, respecto a los alumnos que estudiaron en condiciones lumínicas más pobres, unos resultados un 20 % por encima de ellos en matemáticas, y un 26 % por encima en pruebas lectoras (Heschong Mahone Group, 1999; ver figura 3).

Los mismos investigadores corroboraron también los efectos negativos sobre el aprendizaje, derivados del deslumbramiento en las aulas que no disponían de persianas o filtros adecuados.

Para cumplir las condiciones de buena iluminación sin deslumbramiento, son muy útiles las ventanas grandes que no reciban directamente la luz solar, lo cual ocurre, en el hemisferio norte, cuando están orientadas hacia cualquier dirección que no sea el sur. Y si los alumnos realizan las tareas académicas en aulas con ventanas abiertas que dan a espacios verdes, mejora su atención ejecutiva mientras las hacen (Li y Sullivan, 2016; ver figura 4).

Temperatura, ventilación y sonido

Nuestro cerebro es muy sensible a la temperatura y ello puede repercutir tanto a nivel cognitivo como emocional. Por ejemplo, las investigaciones de Lewinski (2015) sugieren que un rango de temperatura que podría favorecer el aprendizaje estaría entre los 20 ºC y los 23 ºC, aproximadamente, y que la humedad relativa debería rondar el 50 %. Relacionado con esto, se ha constatado una mejora en los resultados de pruebas numéricas y lingüísticas realizadas por estudiantes preadolescentes cuando se reduce la temperatura de 25 ºC a 20 ºC y se incrementa la ventilación (Wargocki y Wyon, 2007).

Color y decoración

Los estudios sobre el color en los entornos de aprendizaje revelan su incidencia sobre las personas que permanecen en ellos. Por ejemplo, a nivel emocional. Colores fuertes, como el rojo, suelen afectar en mayor grado a personas introvertidas o a las que tienen un estado de ánimo negativo (Kúller et al., 2009).

En el contexto concreto del aula, parece que una combinación de paredes blancas o claras con accesorios (muebles, pantallas, pósteres, etc.) de colores brillantes puede estimular el aprendizaje (ver figura 7).

En la práctica, siempre podemos utilizar tonos alegres en distintos elementos del aula para mejorar la estética y fomentar un trabajo más creativo, aunque la elección del color no solo dependerá de las necesidades de las tareas sino también de la edad del alumnado.

En el caso de los más pequeños, los colores primarios pueden resultar excesivamente estimulantes (se pueden dejar para escaleras o pasillos). En lo referente a la decoración general del aula, parece que los efectos más beneficiosos se producen cuando existe un nivel de estimulación intermedio entre una decoración excesiva y una nula (Barret et al., 2017).

La escuela del siglo XXI

Está claro que la escuela del siglo XXI ha de poder cubrir las necesidades educativas y sociales actuales. En consonancia con lo que plantea Nair (2016), un centro educativo bien diseñado cumple cuatro criterios imprescindibles:

  • Es acogedor. El diseño del edificio condiciona el comportamiento de los estudiantes.
  • Es versátil. Más allá de la creación de espacios flexibles, el centro escolar ha de proporcionar ambientes capaces de atender la diversidad del alumnado.
  • Facilita múltiples escenarios educativos. Es muy importante que en la escuela existan zonas que permitan una amplia variedad de tareas educativas, incluso zonas comunes de uso flexible.
  • Traslada mensajes positivos. El diseño del espacio educativo ha de favorecer la creación de climas emocionales positivos, algo que resulta necesario en el aprendizaje.

Qué importante resulta que las aulas puedan convertirse en espacios multidisciplinares abiertos que garanticen diferentes tipos de tareas y faciliten un aprendizaje activo en el que la incorporación de los recursos digitales, la cooperación y la vinculación al mundo real (ver figura 8) sean componentes esenciales. Y que puedan integrarse con naturalidad la educación física, la emocional, la artística y la científica, disciplinas tradicionalmente consideradas como antagónicas pero cuya vinculación resulta necesaria en una educación integral de la persona.

Cuando se produce este proceso cooperativo a todos los niveles, que está en consonancia con los códigos de funcionamiento de nuestro cerebro, se estimula la curiosidad, la creatividad y el aprendizaje de todo el alumnado, mejorando así su sentido de pertenencia y bienestar. Y es que la arquitectura de los espacios de aprendizaje deja huella en la arquitectura de nuestro cerebro.

Contenido publicado originalmente en el blog ‘Escuela con cerebro’. Su reproducción se realiza bajo autorización del autor.

 


Imagen Charisse Kenion on Unsplash

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Escrito por
Profesor del posgrado de neuroeducación de la Universidad de Barcelona
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