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Abril 16, 2018

¿Seremos docentes del Siglo XXI?

 La falta de vocación docente conduce a la realidad que viven los estudiantes debido al sistema educativo actual con un currículo oculto lleno de aprehensiones sin aprendizajes significativos.

Hablar de educación en la actualidad es confrontarnos con nuestra propia realidad, por cuanto nuestros estudiantes son el producto social del siglo XXI con docentes del siglo XX. Es aquí donde se pone a prueba la vocación docente, porque enseñar y aprender es un acto humano que, al igual que el estudiante, debe fortalecer sus habilidades socioemocionales entre lo que tuvo como formador, lo que piden los educandos para una formación integral para la vida, desde y la forma en que debe abordar la realidad, para poder potenciar las competencias de los estudiantes desde un entorno académico.

Estanislao Zuleta en su libro Educación y democracia. Un campo de combate, manifiesta: “Una educación que es incapaz de suscitar el deseo y la necesidad de aprender”, pero qué quiere aprender el estudiante y cómo lo quiere aprender.

Para resolver las anteriores preguntas debemos repensar nuestro quehacer pedagógico a través de la calidad de la mediación en un acompañamiento continuo, llenando de optimismo al estudiante con un ambiente favorable de aprendizaje en el aula.

No podemos olvidar que el estudiante es un sujeto histórico, que puede estar cargado de situaciones problema del contexto familiar o social; por ende es muy válida la escucha activa, en el marco del respeto por el “otro”.

Tener en cuenta que en el proceso de aprendizaje el propósito no es evaluar temas o contenidos, si no procesos que susciten condiciones y habilidades, que le permitan al estudiante alternativas de solución a problemáticas en contexto, con altos niveles de interpretación y argumentación en forma comparativa con la realidad que conoce; con un desarrollo del pensamiento crítico para actuar ante diferentes retos. Estos procesos de vida en el estudiante, solo se dan con un acompañamiento de mediación exigente, pero con mucha afectividad.

Como docentes del siglo XXI, debemos tener Coherencia pedagógica, expresada  en la innovación de estrategias de aprendizaje, sin olvidar que educando va  a la  escuela a socializar, a satisfacer su sistema emocional, por lo cual orientarlo bajo normas no corresponde a sus intereses, pero si aprende en este camino, debemos evitar que “imite la misma melodía, el mismo cuadro, misma ópera, el mismo son, el mismo baile, el mismo sonsonete, el mismo rayito de luz atravesando por la misma rendija y descomponiéndose en la misma gama de colores, para producir el mismo arcoíris, en el mismo espacio, con la misma  oscuridad y la misma monotonía.

Si logramos encausar a nuestros estudiantes, en el mundo del conocimiento, potenciamos sus competencias tanto básicas, como investigativas y ciudadanas, de tal manera que  estaríamos contribuyendo a la construcción del perfil del futuro hombre colombiano; humanista y productivo (ver fines de la educación artículo 5 ley 115/94). 

Otro aspecto fundamental para el docente actual, es el manejo ético de la evaluación a través de la nota, sin que el educando sienta la evaluación como el ejercicio del poder docente; el educando debe comprender la evaluación como el avance personal, sus aciertos o desaciertos cognoscitivos, con una actitud dinámica del aprendizaje y la posibilidad del autoconocimiento, la autoevaluación, el gusto por conocer otros mundos, otras dimensiones de la vida y del ser en un contexto determinado.

Esto se logra con la realimentación constante de los productos de los estudiantes, hasta llevarlos a la compresión de procesos en las diferentes disciplinas del conocimiento.

Ahora bien, cuando el docente es impositivo o muy consentidor, el estudiante siente lo impuesto, ve injusto por la rigidez.

Por el contrario: si el docente es muy blando, al asumir su rol con autoridad difícilmente la puede ejercer y quizá llegue a ser represivo o un [1] facilista, que no aporta nada a sus estudiantes. El docente debe orientar en dar sentido a la cotidianidad de la vida, a la alegría, al trabajo y a la solidaridad, construyendo en su interacción lazos afectivos para una convivencia pacífica.

Para terminar, la falta de vocación docente conduce a la realidad que viven los estudiantes debido al sistema educativo actual, que sumerge al niño en un currículo oculto lleno de aprehensiones, más que de aprendizajes significativos.

Lo que nos lleva dar una mirada a “Enseñar a un muchacho a que madrugue a aburrirse todos los días, ritual y metódicamente, me parece que es una de las formas más crueles de la escolaridad panóptica de que habla el señor Foucault. Por eso yo digo, sin rencor por el colegio de mis hijos, al cual debo tanto, que quizás sea justo el que los muchachos a menudo se consuelen de esta calamidad echándose el mundo encima, en la calle, sacando por la ventanilla los pies, por ejemplo, y no la cabeza o las manos saludadoras o, peor aún, preparando con tiempo munición líquida y jeringas, para bañar a los transeúntes desprevenidos, en el momento del arranque del vehículo, cuando no haya venganza posible, para totearse de risa con la rabia del peatón, o  bien, alistando cerbatanas con bolas de papel o hasta con dardos para hacer puntería en la gente que va de afán y gozar con su maldición [2]

La anterior cita nos lleva a reflexionar acerca del rol tanto del docente, como del estudiante; quienes deben actuar movidos por un interés centrado en la construcción de conocimiento, para un mundo cada vez más justo y más humano.


[1] Bustos C, F., “La Evaluación de los alumnos y el P.E.I., págs. 28, 29, Edit. In-vitro diseño gráfico Ltda., 1996.

[2] Buenaventura Nicolás, “El tambor y el humo”, Pág 14, Ed Magisterio. Bogotá, 2002.


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Escrito por
Licenciada en ciencias sociales de la Universidad Pedagógica Nacional
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