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¿Las escuelas también mueren?

Seamos docentes positivos y abiertos a los cambios, a la innovación, a la adaptación, para que nuestra escuela siga viviendo.

Octubre 7, 2020

“Renovarse o morir”
El progreso consiste en renovarse

Miguel de Unamuno

 

Días atrás en el sector educativo de Bogotá, tristemente se vieron reflejadas muchas bajas en el alumnado de algunos centros de educación preescolar, en el mejor de los casos, porque otros tuvieron que cerrar completamente sus puertas para verlos morir, lamentablemente. Si bien se trataba de centros educativos pequeños, la verdad es que prometían un futuro próspero y duradero, ya que eran instituciones que estaban forjando sus primeros pininos en el ámbito de la enseñanza colombiana, pero que la evidente pandemia obligó a clausurar en vista de la falta de insumos. Una realidad global que hasta en el sector estudiantil desgraciadamente también afectó.

Ciertamente fueron los padres de familia quienes optaron por renunciar a la enseñanza estos días, dígase por falta de obligatoriedad gubernamental para esa etapa infantil, o porque los papás han estado en casa y pueden eventualmente cuidar a sus niños, pero principalmente, por ahorrarse unos pesos que ahora les es preferible emplear para las necesidades básicas, a falta del flujo de economía. Aunque también es cierto que muchas instituciones, empresas, organizaciones (grandes, medianas o pequeñas) para no caer en desgracia, se activaron con otro tipo de recursos, no propiamente económicos, y han ido sacando adelante sus negocios a base de ingenio y creatividad.

Ejemplos sobran y basta ver un poco las noticias por tv o en las redes. Hay testimonios claros que nos hacen ver que, aunque “la ley es poderosa, -decía Goethe- más poderosa es la necesidad “. La tecnología ha sido la protagonista estos días y la gran salvadora de diferentes comunidades educativas, empresariales, comerciales, desde las multinacionales hasta las “tienditas de la esquina” (que han sido grandes socorristas en los barrios populares). Un gran cúmulo de gente que era reticente a aceptar la tecnología como aliada antes del confinamiento, finalmente tuvo que dar su brazo a torcer. Y siguen a flote sus labores, desde quienes empezaron a usar el celular para ofrecer un pequeño bien o servicio, hasta quienes se conectaron virtualmente a nivel empresarial o educativo.

Ya lo decía Escrivá De Balaguer M. (2017), sin pasársele por la mente obviamente, que estaríamos recluidos tanto tiempo: “la consecuencia de la incertidumbre, la masificación de las tecnologías, la sociedad de la información, la disminución de la calidad de vida trae consigo la reinvención de varios procesos vitales y categorías de consumo”, cual profeta antaño para elogiar este año. Y es que era hace tres años cuando decía que:

“…de un tiempo atrás cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, la conciencia del tiempo real -el aquí y el ahora- y la rapidez de la tecnología, que ha creado un nivel de eficiencia humana que ha dado pie a que instituciones y compañías reaccionen más rápido al cambio, según lo que demanda la sociedad”.

Hoy por hoy quien lo demandó fue una pandemia, y nos sorprendió semi preparados porque, si bien no estábamos capacitados completamente, por lo menos la tecnología ya nos había alcanzado y restaba ponernos manos a la obra (si no queríamos morir en el intento). Se tuvieron que romper las barreras del miedo, de la negatividad o la negligencia para ponernos a “camellar”, movilizándonos y poniendo a circular nuestra inteligencia bien estancada por error, creyendo que tanto conocimiento adquirido a través del tiempo nos bastaría para sobrevivir (como los grandes docentes de antes), pero que hubo que sacarlo a flote en las plataformas virtuales o se quedaba varado, encajonado y más encerrado en nuestras cabezas que nuestros mismos cuerpos en casa. Hubo que adaptarnos. Hubo que cambiar.

Con pandemia o sin ella, la institución, empresa o comercio que permanece de pie hoy en día, está ahí gracias a que se ha ido adaptando a los cambios. Las que han desparecido, en su mayoría lo han hecho a causa de unos líderes que quisieron conservar la tradición, que se arraigaron a lo que eran, a no querer cambiar su modo de ser o a una mala decisión. 

Ahí están las grandes compañías en Colombia como Almacenes Tía, Helados de la Campiña, Fósforos El Rey, etc., que murieron hace pocos años, Ahí están también las escuelas, que sucumbieron este año. ¿Ahí estaremos el próximo año nosotros, con la mente cerrada y un éxito ahogado en pretextos efímeros?  Por eso lo dice el dicho: “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. 

Las escuelas también mueren. Así es que seamos docentes positivos y abiertos a los cambios, a la innovación, a la adaptación, para que nuestra escuela siga viviendo. Docentes que sepamos arrancar la sonrisa de los niños también tecnológicamente, estén donde estén. ¡Que muera esta pandemia y que viva la escuela!

Un maestro que cambió… y sobrevive.


Imagen Mwesigwa Joel on Unsplash

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Escrito por
Docente colombiano.
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